La perilla invisible

Por Daniel Supervielle.

Publicado en El Observador, 29 de marzo de 2021.

 

El presidente de la República puso de moda a comienzos de marzo de 2020 el término “perilla” para referirse a tres áreas de la vida pública a regular para que el país enfrentase de la mejor manera posible la pandemia. Se refería a las perillas de lo social, lo económico y lo sanitario.

Parece una eternidad el tiempo en que los uruguayos aceptamos la exhortación planteada desde el gobierno y nos quedamos en casa, logrando entonces aplanar la curva de contagios de coronavirus y ganar un tiempo vital hasta que llegasen las vacunas para inmunizar a la población.

El invierno del año pasado fue atípico. Más cuando nos comparábamos con Argentina y Brasil, ambos con récord de muertes y contagios. Los dos vecinos encararon la crisis sanitaria con medidas opuestas. Ni la negación de Jair Bolsonaro ni la cuarentena obligatoria (trucha) de Alberto Fernández lograron contener la diseminación del virus. Redundante es decir que el virus es un enemigo invisible de fuste y traicionero.

A poco más de un año -con casi 900 fallecidos- queda claro que son las conductas individuales estrictas y precauciones al mejor estilo pretoriano las que van a impedir el contagio y la propagación del virus. Es demasiado caro lo que está en juego como para no reaccionar ya.

Algunos gobiernos europeos han apostado al toque de queda y han fracasado. China sometió a Wuhan al mayor experimento de control y vigilancia video tecnológica del que tenga memoria la humanidad y tras varios meses de un confinamiento autoritario logró detener los brotes. El caso chino es impracticable en las democracias occidentales y marca un antecedente peligrosísimo para los que creemos en la libertad.

Países como Suecia, que optaron por medidas blandas, debieron endurecer las prohibiciones porque la situación se les fue de las manos. Sean del signo ideológico que fuesen, cada país hizo lo que pudo para evitar los contagios y la muerte. El caso de Nueva Zelanda es la excepción que confirma la regla. Es una isla, con una presidenta muy práctica. Cerró las fronteras y aplicó cuarentenas largas y super estrictas para los recién llegados o ante los escasos brotes. Su condición geográfica explica gran parte de su éxito.

Así planteado resulta a veces infantil analizar lo que pasa en Uruguay con mirada aldeana. Tanto las medidas del gobierno y las críticas de la oposición no deberían partir de la equivocada creencia tan uruguaya de sentirse -algo absurdo a esta altura de la historia -el ombligo del mundo o que la pandemia es estática. La crisis sanitaria nos zambulló en una revolución silenciosa que cambia día a día la forma como vivíamos.

El coronavirus irrumpe en el mundo en simultáneo al cambio radical en su matriz tecnológica y digital, con consecuencias directas y sin vuelta atrás en el trabajo, la vivienda y la educación. Si las conductas personales y colectivas estaban en plena transformación, el COVID-19 las colocó en un acelerador de partículas. Nada será igual, nada será parecido.

En medio del tsunami, varios gobiernos pueden caer en la tentación de incrementar sus controles centralizados y las intervenciones estatales en la vida de los individuos.

Tomar conciencia de esta situación potencialmente peligrosa debería permitirnos entender la importancia de mantener a la libertad como faro de las decisiones para enfrentar la crisis sanitaria sin ceder a la tentación de incrementar desproporcionadamente el peso del Estado sobre las personas.

Es el gran desafío de la perilla de la libertad, la que regula las que hace mención el presidente -la económica, la social y la sanitaria. Es esa perilla invisible la que a lo largo de la Historia movió a individuos y pueblos a enfrentarse y superar escollos que parecían imposibles. Los complejos tiempos de la lucha contra la pandemia obligan, pese a los riesgos y contradicciones, a cuidar esa perilla de toda amenaza, no sea cosa que se rompa y se vuelva inservible.