Pandemia y libertad

Por Ignacio Munyo.

Publicado en El País, 2 de marzo de 2021.

 

La agotadora lucha contra la pandemia ya está a punto de cumplir un año. Cada vez que se refiere al tema, el presidente de la República enfatiza que “la libertad era el faro más importante” porque el dilema de restringirla siempre está latente.

“No ir a una cuarentena obligatoria se debió a una creencia de que el uruguayo es un amante de la libertad y la usa con responsabilidad y con solidaridad”, decía Luis Lacalle Pou para homenajear a Artigas en el acto de celebración de su natalicio.

Sin embargo, las decisiones del ejecutivo no fueron unánimes ni exentas de fuertes críticas. El debate entre la “libertad responsable” y la “cuarentena obligatoria” fue permanente. Cuando la situación se complica, se multiplican los reclamos de limitar la libertad en pos de un bien superior.

En el fondo, la forma como los gobiernos, partidos políticos y personas se han parado frente a la pandemia tiene mucho que ver con la concepción que tienen de la libertad. Concepciones que difieren en la intensidad del convencimiento de que la libertad individual está por encima del imperativo colectivo. Concepciones históricas que van desde el respeto profundo por la libertad individual del pensamiento de Locke y Hume hasta la libertad individual restringida por el “Contrato Social” de Rousseau, en el cual la libertad de todos se consolidada en una sola libertad colectiva.

Estas fuentes anglosajonas y francesas del Iluminismo marcaron claras diferencias en la inspiración filosófica de las revoluciones libertadoras y el desarrollo de las nuevas instituciones en las colonias europeas en América hacia fines del siglo XVIII y comienzos del Siglo XIX. Marcado contraste que con inconfundible prosa fuera retratado por Luis Alberto de Herrera en su obra “La Revolución Francesa y Sudamérica”: libro que recomiendo leer.

El dilema de la delegación de la libertad individual está en la esencia misma del pensamiento liberal. Juan Bautista Alberdi (1810-1884) sostenía que “es condición esencial de la libertad moderna que una parte de su ejercicio sea delegada por el país a un cierto número de mandatarios o representantes (…) Esa delegación abraza una mitad del poder del país delegante, y es la que toma el nombre de gobierno propiamente dicho. La otra mitad del poder popular queda sin ser delegada en manos del país mismo, que lo ejerce de un modo inmediato y directo; ésta es la que principalmente se llama libertad”. Esta libertad individual es concebida como una suerte de garantía ante el poder que se delega al gobierno, y por ende se debe ejercer incesantemente.

Las situaciones extremas, como lo es una pandemia, ponen en tela de juicio estos conceptos que se tensionan al máximo. Las distintas concepciones no difieren tanto en las medidas de restricción de la libertad individual que adoptan, como en el esfuerzo que hacen para buscar caminos alternativos para evitarlas. Al fin y al cabo, lo que el gobierno de turno hace, o deja de hacer, termina por explicarse en su esencia más profunda en su identificación filosófica con la libertad.

Cada cual tendrá su posición al respecto, todas son válidas. En lo personal me siento identificado con aquellas palabras de Alberdi que logran captar la complejidad del dilema: “ser libre es gobernarse a sí mismo”, pero también “vivir ocupado día y noche de los intereses comunes y generales. La libertad es una carga, un peso, una tarea: no es un deleite. Es dar, sin ruido ni aparato, su tiempo y labor, en el puesto que a cada uno le toca, a la colaboración de la obra común.”